Casablanca es, aparte de una de mis películas preferidas, la que más veces he visto. Y entre todas las escenas, hay una que siempre me eriza la piel. No importa que ya la haya visto quince veces (como mínimo). En ella, Victor Laszlo (
Paul Henreid) le dice a Rick (
Humphrey Bogart) que necesita salir de Casablanca, huida imprescindible para alentar a miles que sufren la opresión alemana en toda Europa, que sería importante que él comandara el gran movimiento (de resistencia) desde América. Rick juega con las manos y le contesta: “no me interesa la política, los problemas del mundo no son mi asunto, soy solo un
saloon beeper…”. Victor lo tienta con plata, Rick la rechaza y le dice que le pregunte a Ilsa (
Ingrid Bergman) el por qué de su negativa. Todo parece desbarrancarse. Rick enamorado y atrapado por un amor pasado dejará a Victor encerrado en Casablanca, la neutralidad americana representada en Bogart quedará congelada y los alemanes ganarán la guerra… pero al salir de la oficina, se escucha a los alemanes cantando en medio del salón, con el piano en su poder. La cara de Victor se endurece, baja la escalera, Ilsa lo mira, se acerca hasta entrar frente a la banda de jazz, y les dice: toquen
la Marseillaise. Rick, con un gesto los autoriza. Todo el bar comienza a cantar, tapan al rudo idioma alemán que sonaba en el aire y en el
aux armes, citoyens, Ilsa mira enamorada a su hombre, y la historia se quiebra, para encaminarse a su desenlace (que por si algún extraviado no vio, no develaremos).
De “As times go by” a Buenos Aires¿Por qué tanta introducción para hablar de un bar porteño que ofrece jazz en vivo? La banda de la película Casablanca, así como el pianista negro Sam y su canción “As times go by”, son parte de la diáspora de la música y la cultura de bares expandida desde Estados Unidos al mundo. Principalmente en épocas de prohibición alcohólica en Norteamérica (1919-1933), miles de sus ciudadanos buscaron, principalmente en Europa (con Paris como lugar preferido), pero también en otras latitudes, un lugar donde armar una vida, y los bares tradicionales norteamericanos fueron calcados como refugio y lugar de referencia para exiliados o viajeros. Y en esos bares, el jazz fue la banda de sonido habitual.
Argentina también supo hacerse eco de esta cultura del jazz, que incluso en los últimos cinco años vive por una etapa brillante. Grandes artistas elaborando música original, y creando un circuito celebrado por neófitos locales y turistas de todo el mundo que no solo viven del
tango for export.Música entre las mesasSalir a cenar es uno de los programas preferidos de los porteños. Entre todas las opciones, varias ofrecen músicas, show, espectáculos, desde las luces del tango de los grandes lugares para turistas, hasta los pequeños y encantadores (
Lo de Roberto, Perón y Bulnes, con dúo de guitarras jueves y sábados), algunos tablados de Flamenco (
Cantares;
Tiempo de Gitanos), fondas de blues, peñas folclóricas o cuevas rockeras, o todo un circuito jazzero...
Dentro de este último circuito, aparece
Virasoro Bar, una perla apenas a unos metros fuera del límite del Palermo más chic. El frente impresiona por sus líneas puras,
una casa Art Decó diseñada por el arquitecto Alejandro Virasoro en la década del ’20. Bien mantenida con su estructura original que dota al ambiente de la calidez y modernidad de esos tempranos y vanguardistas años de siglo pasado. La sala es pequeña, con lugar para unas veinte mesas pequeñas, que se desparraman hasta estar sobre el escenario, entre la música y los músicos.
Una experiencia apasionante. Una barra