Cadenas invisibles
Hay en Buenos Aires ciertos proyectos unidos, hermanados o relacionados por empatía, carácter y espíritu. La tríada Sucre-Bar Danzón–Uriarte, la pareja Gibraltar–Bangalore con La Puerta Roja como un primo hermano íntimo, el dúo exótico y ya clásico de Green Bamboo y Bereber y varios otros. En el corazón de Palermo Soho, en el cruce clave de Costa Rica y Armenia, en el 2005 nació Limbo, y con su crecimiento, comenzó a esbozarse lo que hoy es su Club vecino. Dos lugares separados por pocos metros y hermanados en propuesta y características.
De un Limbo al otro
El primer Limbo se propuso como restaurante, sin por eso desdeñar la barra y propuesta de bar. El lugar fue creciendo en convocatoria, en una zona siempre atractiva para turistas, viajeros y visitantes de los Palermos. La suma de terraza, vereda y salón interno le valió posibilidades para los distintos climas, momentos y temporadas. Pues bien: este esquema es el que se ha repetido a pocos metros y a cargo del mismo equipo (comandado por algunos futbolistas que brillaron en los ´90). Aunque hay una diferencia entre el Club Limbo y el Limbo vecino. En la versión nueva, el bar ocupa el centro de la escena. La barra está en el corazón de la circulación de un espacio múltiple, con diferentes ambientes: mesas en la vereda para los que quieren estar inmersos en la calle Costa Rica, frente a la plaza (actualmente en obras, prometiendo un brillo renovado); una terraza como opción intermedia entre la vista y la intimidad; la barra como un espacio de reparo, un salón con sillones rojos y luces bajas para los que quieren más privacidad, y una pequeño sala como sector fumador.
Beber para comer y viceversa
El trabajo del bar y la cocina están bien conjugados en la carta, con propuestas integradas. La carta se abre con una carta de tragos amplia, sostenida en buena calidad de bebidas y un trabajo profesional a cargo de la bartender Verónica Tomaghelli, quien no está sola. Matías Nini, encargado y con años de experiencia, aporta sapiencia y buena onda. ¿Cócteles? Absolut Crazy (Absolut citron, cherry brandy y jugo de cranberry), Lonview (bourbon, amaretto y ginger ale), V.V. Top (Skyy Vodka, jugo de cranberry, sprite, hojas de menta y limón), Cuore di Strega (Campari, Strega y almíbar de jengibre), Absolut Basil (Absolut peppar, frutillas y albahaca), JägerJack (jarabe de manzana, Jack Daniels y Jägermeister) o el Experience (Absolut Mandrin, Campari y té de frutos rojos). Verónica es amante y conocedora del (inmenso) mundo del whisky (dicta cursos en la Whisky Malt Argentina), lo que le da un atractivo extra para quienes quieran acercarse a beber sobre la barra de mármol. Desde la cocina, se presenta una propuesta diversa y sencilla. Pizzas caseras llamadas pizellas, con variantes como la Mini Fatai de mar (langostinos salteados con oliva, coco y cilantro, a $18) o la pizzeta de masa de manteca con hongos shiitake salteados, queso brie y rúcula ($18). Paketikus, (versión de la casa de los burritos), con variantes como el de pollo con verdeo, panceta, cebolla y cheddar ($26) o el de salmón salteado con eneldo, verdeo, rúcula y brotes ($26). Bowls, entre los que podés elegir fríos, como el de palta, rúcula, pomelo, endivias, pepino y vinagreta de naranja ($24) o calientes, entre ellos el de fideos de arroz, salmón dorado con sésamo, hongos shiitake, zanahorias, curry rojo y cebolla crocante ($29).
Son interesantes las propuesta de maridaje, resumiendo el espíritu del lugar: comer y beber, beber y comer, todo en un mismo espacio, múltiple y diverso, y a lo largo de todo el día. Para el mediodía hay pincho de salmón más un Orange Heart (Campari, Sprite y limón, $24), tarde con Mini Red Club (frutillas, galleta crocante, arándanos, crema y chocolate) y Cosmo Kurant (Absolut Kurant, Cointreau y jugo de cranberry, media ta
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