Ocho7ocho ya no está escondido. Su barra es lo suficientemente completa como para prescindir de marquesinas y, aún así, convocar a multitudes, tal vez más de las que Julián Díaz y Florencia Capella, sus dueños, esperabas recibir cuando abrieron el local en 2005. Cumpliendo con las leyes que establecen un cupo máximo de gente por metro cuadrado, en los últimos meses no era extraño ver una pequeña muchedumbre en la vereda, haciendo cola, esperando a que se libere espacio para poder entrar. Pero soplan nuevos aires en 2008: como una mamushka rusa, el bar villacrespense abre una puerta dentro de la puerta. Un nuevo bar secreto, en el ex bar secreto.
Al fondo, detrás de la pared, los ocho metros de barra que ya todos conocemos continúan su recorrido y se meten en un nuevo salón de 100 metros cuadrados, con mesas bajas, sofás, y techos altos, lo cual no es un detalle menor: este nuevo espacio está habilitado para fumar, por lo que allí se podrá hacer lo que en los últimos tiempos es tan complicado en Buenos Aires: disfrutar de un buen trago con un puro o cigarrillo en la mano. Quienes quieran evitar el humo, pueden seguir yendo al salón de siempre, que mantiene su prohibición.
La propuesta apunta en exclusiva a un público coctelero clásico. No se sirven licuados, ni jugos, ni café, ni tragos frozen, así que daiquiris de frutilla y similares, abstenerse. Y no hay choppera: la cerveza es sólo en porrón. Sus estanterías muestran las botellas esenciales para preparar cocktails elaborados. Es una barra que en cualquier otro bar uno categorizaría como “super completa”, pero que en Ocho7ocho parece escasa si se la compara con la del viejo salón, que conserva la mayor parte del stock. La idea es que este sector VIP tenga una carta diferente a la del salón principal. Un menú poco detallado, con precios indicativos, confiando en la sabiduría del cliente que si ve que, por ejemplo, un Jack Daniel’s cuesta $20, puede estimar que un Manhattan rondará los $18.
Lo que se mantendrá igual es el bottle service, es decir: la venta de botellas enteras, una opción inteligente (y hasta ahora no demasiado utilizada) para quienes llegan en grupo. Una botella de gin Tanqueray ($120) viene con cuatro tónicas. Una de ron Pampero ($120) con 4 Cocas. Así, para tragos directos como el gin tonic o el cuba libre, el bottle service se convierte en una gran opción, con tragos que terminan costando cerca de $10 cada uno. También hay bottle service de scotch, como el Johnnie Walker Black, y de aperitivos como el Jägermeister.
De los demás cocktails, se mantienen los clásicos de siempre, que oscilan entre los $15 y $20, y los de autor, entre los que se destacan aquellos que mezclan aperitivos con jugos cítricos. Un ejemplo es el ya clásico Juan Collins ($14), a base de ginebra, Cynar, Amargo Obrero, Hesperidina, pomelo y soda. Además, están los tragos con bebidas super premium, cuyos valores rondan los $40.
Otro plus que tiene este "Ocho7ocho bis" es su bartender. Mientras que Facundo Martín sigue a cargo de la barra principal, en el fondo se incorporó (tras su viaje a Dubai) Bhadir Malhuf (ex White Bar y Le Bar), un barman que, además de gran mixólogo, es tal vez el mejor psicólogo de la ciudad.
De domingo a miércoles, el nuevo anexo está abierto al público en general, en tanto que los jueves, viernes y sábados, el acceso es más restringido, ya que tendrán prioridad los clientes más asiduos, a los que se les dará una tarjeta magnética para ingresar. “La idea del nuevo espacio es que llegue gente a la que le gusten los buenos tragos”, explica Julián Díaz, y agrega: “El perfil de lector de Glam Out, por ejemplo, suele coincidir con el tipo de cliente que nos imaginamos que disfrutaría del lugar, así que si viene alguien y dice que leyó esta nota, entra directamente”. As
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