Anthony Bourdain es un chef, es un escritor, es un periodista. Pero es, ante todo, un referente cuando uno habla, literalmente, del mundo gastronómico. Es que para Bourdain, la gastronomía excede los límites de lo pasa en una cocina o en un restaurante. “La cena perfecta, o la mejores cenas, ocurren en un contexto que frecuentemente tiene poco que ver con la comida”, dijo alguna vez este neoyorquino que hoy, además de estar a cargo de la cocina del restaurante de cocina francesa Brasserie Les Halles, se ha convertido en un trotamundos, mostrando ciudades y culturas a través de la gastronomía en el programa No Reservation que transmite The Travel Channel y que hace unos meses lo trajo a Bariloche, donde probó chocolates artesanales, fondue, y otros platos regionales, mientras se hospedaba en El Casco. Ahora, Bourdain vuelve al país, pero esta vez en formato libro, con el título Sucios Bocados.
Este último libro de Bourdain, recopilación de varios pequeños escritos suyos, mantiene el tono irónico y crítico que ha mostrado en sus críticas de restaurantes (publicadas en la revista The New Yorker bajo el título de “Dont Eat Before Reading This”), pasando por sus crónica y memorias culinarias en los libros ”Confesiones de un chef”, “Viajes de un chef” y “La cocina de Les Halles”, hasta dos perdidas novelas policiales que había escrito en los años 90 (cuando aún era tan sólo un cocinero).
En definitiva, sólo te podemos recomendar que leas este (y los anteriores libros) de tal genio culinario. Carece de todos los defectos de la literatura gastronómica (golpes bajos, realismo mágico, aburrimiento, superficialidad) y le sobra sagacidad, humor e inteligencia, en relatos donde, partiendo de un bowl de fideos tailandeses comidos, obviamente, en Tailandia, se llega a una mirada lúcida y crítica del planeta que nos toca, por suerte, vivir.
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Un problema con el alcohol
En mi visión del mundo un tanto cínica, lo reconozco, hay muy pocos artículos de fe, unas cuantas cosas preciosas que creo justas, ciertas e inmejorables por el hombro o Dios. He aquí una de ellas: una cerveza bien servida -en mi caso, una Guinness de barril- en un vaso de cristal de tamaño pinta, bien limpio, a la temperatura correcta, es la bebida de los dioses, un alimento completo y nutritivo, de una belleza admirable y una fuerza que disipa, durante un tiempo, todos los problemas del mundo. No se bebe Guinness en una botella sellada al vacío. El contexto es importante. El mejor lugar para apreciar plenamente el estado de iluminación que suscita esta magnífica bebida inglesa, escocesa o irlandesa es, por supuesto, la gran institución del pub.
Así que aquí estoy, contemplando ufano la espuma de mi vaso en el Festering Ferret del East End londinense, en paz con el mundo por un instante, sopesando los misterios de la vida, planificando buenas obras futuras. Mientras fumo, admiro los asientos de cuero resquebrajado, la alfombra centenaria enmohecida, el barman fornido, de geriátrico, casi desdentado. Paso la mano por la mesa de madera carcomida como si fuera la piedra Rosetta, descifrando con las yemas de los dedos los mensajes crípticos allí inscriptos, posiblemente predruídicos –“Stiv es una hijaputa”, “Bay City Rollers”, “Jamie es un mierda y un cockney fulero”- en los que resuenan ecos de hace siglos, que me conectan con poetas y pensadores de otros tiempos.
Del libro Sucios Bocados, por Anthony Bourdain. Buenos Aires, 2007. Ed. Del Nuevo Extremo.
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