Robert Parker es el crítico de vinos más importante del momento. Los puntajes que él otorga a las distintas etiquetas y que vuelca en una publicación bimestral independiente y sin publicidad llamada The Wine Advocate, pueden hacer que un vino triplique su precio, así como mandar a la ruina a productores centenarios.
Luego de 36 años de probar y calificar 10.000 vinos al año, se ha ganado el amor incondicional de algunos y el odio exacerbado de otros, pero más allá de lo que digan de él detrás de escena, la realidad es que gran parte de la industria vitivinícola mundial está muy atenta a sus comentarios y no deja de estar pendiente de las calificaciones que “Bob” le asigna a los vinos en una escala de 50 a 100.
The Wine Advocate tiene actualmente 40.000 suscriptores en Estados Unidos y en 37 países más, que a un costo de 60 dólares por año acceden a las 6 publicaciones con los comentarios y las calificaciones de los vinos.
Parker trajo una visión democrática del vino. A él no le importa si detrás de una botella hay dinastías centenarias o fortunas de millones de Euros. Si sus vinos no son buenos, él va a decirlo sin reparos con puntajes bajos. A las poderosas familias que manejan el negocio del vino en Bordeaux esto no les hace ninguna gracia. Es que estas son algunas de las familias más conservadoras de toda Europa, y quienes por años establecieron los estándares de calidad y los precios de toda la industria.
Uno tendería a pensar que detrás de una figura tan influyente para el mundo del vino existe una persona de hábitos sofisticados y exquisitos, sin embargo Bob está lejos de ser lo que uno se imagina. Robert Parker vive aún cerca de su hogar de la infancia en un tranquilo pueblo semi-rural llamado Monkton. Una autopista construida recientemente redujo el tiempo de manejo a 30 minutos hasta Baltimore, la ciudad más cercana. Bob pasa sus días en una anónima casa en medio del bosque junto a la que fue su novia de toda la vida, Pat, con quien tiene una hija adolescente llamada Maia, que adoptaron cuando era pequeña en un orfanato coreano. En su casa montó su base de operaciones; una oficina de dos habitaciones donde pasa gran parte de su tiempo degustando, calificando y escribiendo en soledad acerca de los vinos que prueba. Dos secretarias lo ayudan con la correspondencia y el resto de las tareas de la oficina. Allí trabaja seis días a la semana degustando con pasión y a un ritmo vertiginoso vinos de todos los rincones del planeta. Cuando no está en Monkton, es porque se encuentra viajando por el mundo, visitando a los productores de las más importantes regiones vitivinícolas. No le gustan las cámaras ni los flashes, razón por la cual eligió ese lugar para vivir. Una vez, luego de aparecer en el Baltimore Sun, un vecino se le acercó asombrado a decirle que desconocía que él era un experto en vinos. Bob es feliz de esta manera.
Parker nació en 1947 a pocos minutos de donde vive actualmente. Sus padres eran simples campesinos que ni siquiera tomaban vino. Tampoco tomaban leche. Solamente bebidas gaseosas. Robert fue su único hijo. Su padre era un trabajador normal con una habilidad bastante inusual: tenía el sentido del olfato muy desarrollado. El joven Parker también había heredado ese don, pero nunca había notado que fuese algo especial. Tuvo una típica infancia americana y una adolescencia en la que viajó algunas veces a Washington y a Baltimore. En Monkton estaba su mundo, un lugar en el que prácticamente no existían vinos de calidad. Durante su vida de estudiante se enamoró de la mujer que actualmente es su esposa. En el cumpleaños de Pat número 18, Parker tomó por primera vez un sorbo de un vino fortificado que lo mareó y descompuso.
A lo largo de esta etapa de su vida Bob trató de estar siempre cerca de su amor, hasta el otoño de 1967 en que Pat viajó a estudiar a Strasbourg, en la Alsacia francesa por un año. Luego de un largo invierno en el que ambos mantuvieron muy poca comunicación por carta y por teléfono, ese amor a la distancia, que los padres de ella no aprobaban del todo, parecía que comenzaba a desvanecerse. Sin embargo, mantuvieron el plan de encontrarse en Paris para las vacaciones de diciembre. Luego de un accidentado viaje en avión que lo desvió por un día a Roma, Bob llegó a Paris a encontrarse con su amada, la cual continuaba muy enamorada de él y dispuesta a mostrarle toda la ciudad. Por las noches salían a comer a los restaurantes que el presupuesto les permitía, y fue justamente en esas cenas con Pat donde Bob conoció y probó los primeros vinos franceses.
Inmediatamente se encontró fascinado por ellos, a pesar de que su calidad era muy dudosa. Había encontrado una bebida que se complementaba muy bien con la comida y promovía la comunicación. Las vacaciones continuaron en Strasbourg, donde un médico amigo de Pat los invitó a comer a los mejores restauranntes de la ciudad. Fue allí donde Bob entro en contacto con los primeros vinos de calidad, que a partir de las sensaciones que causaron en su nariz y en su boca, entendió que tenía los talentos de un prodigio. A partir de esas comidas en Strasbourg, no hubo más vuelta atrás.
Antes de emprender el viaje de regreso, Pat y Bob deciden volver a Paris a gastar sus últimos ahorros en una cena gourmet en el restaurante Maxim’s de la rue Royale, que era en ese momento uno de los bastiones de la cocina clásica francesa. Luego de una apático recibimiento por parte del maître, les fue asignada una mesa en un salón secundario lleno de turistas. Bob recibió una nueva lección: el vino que allí tomaron estaba sobrevaluado y la comida se veía mejor del gusto que tenía.
Cuando Bob invitó a Pat al pequeño salón de baile del restaurante, el maitre se acercó a decirle que el color marrón de sus zapatos no era el apropiado. Ellos volvieron a sus asientos. Luego vino la cuenta.
Cuando Robert pondera tanto las pequeñas producciones “de garage” y no tanto a los grandes Chateaux, hay familias en Francia que sienten que, treinta y seis años después, Parker aún se les está haciendo pagar por esto. |