En posible trazar un mapa del mundo a través de los distintos clubes: el clima popular que mezcla vecinos del viejo Palermo con jóvenes en el Eros; el clima exclusivo e íntimo de Maat (y una cocina de gran nivel); los aires nórdicos en ambientes casi secretos del Sueco o el Danés; o el grato refugio que ofrece el restaurante del Casal de Catalunya. Y ahora, uno nuevo, y muy especial, se suma a la lista. Hablamos del
Club del Progreso. Restorán, escrito como se lo pronuncia en el porteño más reo y auténtico. Y este acento se relaciona con la idelogía de este lugar, donde tras una ardua investigación, pretenden ofrecer una carta que incluya a muchos de los platos de la verdadera cocina tradicional de fondas, cantinas, bodegones y restaurantes de nuestra historia. En esa culinaria, y en su consiguiente memoria emotiva y sensorial, se asientan las bases de esta nueva propuesta.
Un pedazo de historiaEl Club fue fundado en 1852 por impulso de
Diego de Alvear, con el fin de fomentar el progreso del país, política y económicamente, a partir del encuentro de distintos actores sociales nacionales. Sede de bailes de gala, tertulias y fiestas de disfraces, entre sus miembros históricos están nombres como Urquiza, Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Roca, Pellegrini, Luís Sáenz Peña, Quintana, Figueroa Alcorta, Irigoyen, Alvear u Ortiz. En la investigación realizada por los nuevos dueños,
descubrieron el menú que se sirvió el año de la fundación, el 25 de mayo de 1852 (hace apenas 156 años): mayonesa de pejerrey de Montevideo y dorado del Plata; quibebe de gallina y fideos finos; pastel de fuente, con rescoldo de pichones; churrasco y pavo con ensalada; natillas, arroz con leche; cidra cayota y batata grande en dulce; yema quemada y frutas de estación.
La historia es hoyEl edificio está ubicado en un lugar estratégico,
a tres cuadras de Tribunales, cinco del Congreso y cuatro del Obelisco. Como si en este mapa que lo incluye resumiera algo de su historia. Pero más allá de lo simbólico de su ubicación, también es cierto que la misma lo convierte en una muy buena opción para un almuerzo tranquilo, bien atendido, como reparo ideal para reponer fuerzas en una zona en la que no es nada fácil encontrar buenas opciones para el mediodía. Las mesas están distribuidas en dos de los cuatro pisos del Club, con salones privados, y un hermoso patio. En la planta baja, el bar permanece abierto todo el día para tomar un café, picar algo o tomar el vermú, opción que ya recomendamos la
semana pasada. La reivindicación de los platitos de ingredientes puede ser el primer paso de una cena, para la que hay que pasar a la planta alta o al patio. Ahí el menú ofrece diversas opciones:
empanada de carne cortada a cuchillo y frita en grasa ($8), revuelto creación del Edecán Artemio Gramajo ($12), lengüitas de cordero a la vinagreta con ensalada rusa ($12, y para cuándo la reivindicación de esta gran ensalada…),
perdiz de cacería de campo escabechada ($12), langostinos al ajillo ($45), tallarines a la Parisiense ($16), canelones a la Rossini ($22), guiso de mondongo a la olla de hierro ($22), pejerrey de mar frito con puré de papas ($24), costillas de cordero a la Villeroy ($32), chivito lechal ($52) o cochinillo de campo con papas y batatas al horno ($60 el 1/4). Todo un listado de platos, cada uno de ellos elaborados con sapiencia y muy buena mano. No es para menos, teniendo en cuenta que el proyecto pertenece a los mismos que en su momento supieron reabrir el
Casal de Catalunya, hoy un stop obligado de San Telmo en particular, y de Argentina en general. Para los postres,
no hay que dejar pasar el flan con dulce de leche y crema ($10) , el arroz con leche ($10), los membrillos frescos con queso de oveja ($14) o el