Y sentados… detectives, asesinos, policías. Sinatra, Hitchcock, Capote y muchos más. Reunidos alrededor de la comida y la bebida, en un libro diferente y encantador, cuya autora -Raquel Rosemberg- advierte desde el miso título: hay "Sabores que matan". |
Si pienso en un detective me aparece el sombrero, la pistola y el gesto duro de Humphrey Bogart en el Halcón Maltés. Para caníbal, lleno el casillero con Hannibal Lecter. La mafia tiene el nombre de Michael Corleone & familia en la saga de El Padrino. En este camino de figuras, Raquel Rosemberg va más allá, y logra sorprender incluso a los más fanáticos del cine, la literatura y la cocina. Lo logra gracias a su amplia erudición en temas que van desde cómo preparar aros de cebolla, a conocer sobre distintos tipos de venenos o el nombre de cuanta persona haya escrito sobre detectives en cualquier país del mundo. Apasionada por la literatura policial, las comidas y las bebidas, Raquel construyó en una búsqueda tan generosa como puntillosa un libro -Sabores que matan- que rastrea en el cine, ensayos y novelas, para iluminar un mundo negro y criminal en una dimensión amplia: desde el móvil de un asesinato hasta aquello que más gustaba comer al asesino; desde los cambios en los productos comercializados por las mafias italianas hasta los platos que se sirven en sus mesas cuando están en familia los domingos; desde la receta de la Bouillabaisse hasta una forma de vivir y morir en Marsella; desde los códigos de la Yakuza hasta el té con masas de una circe porteña. Pero antes de desgranar el contenido del libro, propongo un juego.
Una fiesta “negra y criminal”
Imaginemos una fiesta. No una de esas reuniones obligadas, grises y aburridas, sino una muy distinta. Hay un salón, que podría ser el de la Maison del FourSeasons, alguno del Hotel Provincial de Mar del Plata, o también un refugio subterráneo y laberíntico iluminado con velas. Si no es en Buenos Aires, el lugar merecería ser algún paraje en Sicilia, Nueva York, Barcelona, Tokio, Moscú o Londres. “El genio de las burbujas”, como nombra la autora al champagne en el capítulo que le dedica, se enfría en baldes con hielo. En la barra un cantinero catalán fajina copas de Martini y alinea los ingredientes para preparar los aperitivos: Dry Martini y Gimlet. No falta en el anaquel de la barra una botella de pastis. El ron cubano, un par de botellas de bourbon y otras de sake esperan que la fiesta pase la frontera de la medianoche para salir al ruedo. Manuel Vázquez Montalbán, acodado bebe ya su primer cóctel. El vodka, todavía guardado en cajas de madera, llegó de contrabando, cruzando sin problemas lo que alguna vez fue una cortina de hierro. Bajo la barra, un Jack Daniels espera a Sinatra y en una mesa de roble francés, alineadas, diversas cosechas de Margaux. Churchill se cruza en una charla entretenida sobre París, su liberación y los Martinis con Humphrey Bogart. Marx y Mao charlan con Pepe Carvalho, mientras algunos ex KGB miran con recelo este triángulo. Agatha Christie le alcanza un bocadito a Freud, y Patricia Highsmith, algo celosa, se aleja a la espera de su chance con el austríaco. No sabe que Sherlock Holmes, la anda relojeando, algo oculto detrás de un cortinado. Sinatra va en busca de su whiskey, escoltado por unos hombres sombríos, con un fuerte acento siciliano. Marilyn Monroe, medio borracha de tanto champagne, coquetea con Hannibal Lecter y, en la sala contigua, Philip Marlowe busca un mazo de naipes para jugar unas manos de poker con tres miembros de la Yakuza. Hitchcock fuma asomado a una ventana, y el humo posa una sombra sobre Raymond Chandler.
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