“En Japón comen mucha comida cruda y fría. En Corea es más común la sopa y la carne cocida. Quizás esa sea también una diferencia cultural. Ellos son un pueblo más racionalista. Nosotros tenemos un corazón caliente”, explica Huh Yoon, el Director del Centro Cultural Coreano de América Latina, nuestro guía y anfitrión en la búsqueda de la gastronomía coreana.
Estamos en pleno Palermo Chico, Coronel Díaz 2884, un espacio que cumple un año por estos días y que resulta muy interesante. Argentina es un territorio que, desde la década de los noventa hasta el día de hoy, se ha consolidado con una de las más importantes comunidades coreanas del mundo. Tanto que éste es uno de los diez centros de este estilo a nivel mundial. Y una consecuencia de esto es, en palabras de Huh Yoon, que “hoy por hoy, en Buenos Aires, existen unos veinte restaurantes coreanos”.
Veinte, varios supermercados donde encontrar materias primas como el kimchi (mucho menos picante que el wasabi, y más como avinagrado) o la doenjang, una pasta fermentada elaborada con porotos de soja. Mónica Lee, la Coordinadora de Eventos del centro, representa una generación nueva coreana argentina. Educada completamente en este país, nos dará algunas precisiones: “Algunos de los coreanos que están aquí tienen fuerte limitación con el lenguaje español, por lo que los restaurantes son más que un lugar donde comer: son un centro de reunión, de encuentro. Gran parte de ellos están en el barrio de Flores, o en la Avenida Avellaneda. Son espacios casi exclusivos, y si cualquiera quiere ir, conviene hacerlo acompañado por alguna persona de la comunidad para poder ingresar. En cambio, hay otros lugares fuera del circuito de Flores Sur, del entorno de la calle Carabobo, e incluso de Avellaneda y Nazca. Restaurantes como Bi Won (Junín 548, 4372-1146), que se han argentinizado más, adaptaron sus gustos e invitan a todo tipo de comensal”.
En la casa de Mónica se mantienen las tradiciones. Se comen platos coreanos, se respeta la cena al atardecer. En Bi Won, la cuestión es, si se quiere, más internacional, aunque mantiene una fuerte impronta autóctona, una gran cocina y platos tradicionales. Todo esto lo comprobamos en varios detalles. Por ejemplo, el personal de Bi Won no tiene ascendencia coreana, pero aún así aprendió sobre la carta y conoce lo que sirve. Explica con mucho cuidado y afecto acerca sobre esos sabores que, aunque nuevos y extraños en el buen sentido, no resultan complejos.
La cocina coreana es hospitalaria: esto no es un juicio cualitativo, sino una apreciación. Uno de los platos típicos es el bulgogi (literalmente, carne al fuego), una carne macerada que se cuece en una miniplancha que llega a la mesa. Fácil de asimilar, divertido por cocinarse en vivo y en directo, y con la necesaria cuota de exotismo.
Arroz y sopa
Es mediodía y Bi Won (que, según nos explicará Huh Yoon, quiere decir “Jardín Secreto”) tiene bastante de oculto: una puertita, en una calle de negocios, negocios y negocios de telas, ropa, apuntes universitarios. Tras la puertita, un hall y recién detrás el restaurante. Espacioso, algo formal, de todas maneras amable. En el caos del Once es un verdadero oasis. En una mesa, alguien hace su carne asada mientras bebe cerveza dorada. Las paredes muestran grabados de pájaros sobre papel de arroz. Una televisión en silencio recuerda que estamos en la Argentina, si bien la música sugiere Seúl.
Es un restaurante oriental, sí. Pero no es chino ni japonés. No. Primera sorpresa, casi anecdótica: los palillos son de metal. Mirando a nuestro anfitrión nos damos cuenta que también lo usa un poco como cuchillo. Corta las carnes con los mismos palillos, antes de tomar los trozos.
“En todo hogar coreano –nos explica- hay tres cosas que no faltan nunca: sopa, arroz, un vaso de agua. Los antiguos cor
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