Es Brasil, bien al norte. Es Fernando de Noronha, esa isla única, en pleno Atlántico. Verde mar, suelo verde, hojas verdes. Pájaros verdes que tornasolan al amarillo. Y plantas, abundantes plantas: lo vegetal como una forma de exhuberancia. Verde: dicen que hay algunas plantitas que si las ves fijo durante un rato, podés notar cómo crecen. Lo que se llama una naturaleza potente.
Muy distinto de lo que uno imagina para el vino. Muy distinto del sueño que duermen ahora las vides de Mendoza (de color ahora amarronado, entre el blanco que todo lo habita: nieve, frío, clima extremadamente seco, suelos pedregosos, en suma: desierto).
El vino en Argentina es el resultado de una lucha contra la naturaleza: se le exige a la vid a buscar la última gota de agua, a luchar por su fruta y por su vida. Peleándola contra todo eso, la uva da lo mejor de sí: su azúcar, su energía. Alguna vez, el bodeguero Ricardo Santos explicó que la “uva no quiere ser vino: la uva busca ser vinagre”.
En el Brasil vinícola la cuestión también es luchar contra la naturaleza, pero en este caso, al revés. Aquí no se lucha por sobrevivir, sino por no vivir demasiado. Por no ser muy exuberante. Pero, si bien hablamos de vino, comencemos el recorrido por un trago.
Gabriela, cóctel brazucaGabriela es clavo y canela. Está, como corresponde, frío: hay clavo, sí, obvio, hay canela, por supuesto. Pero abajo, nadando, está el aspecto “Gabriela” del asunto.
La Gabriela en la que pensó el bartender es una mujer de ojos verdes, rubia, de piel dorada por el sol. Sus antepasados son alemanes, se ve. Gabriela tiene un apellido: Gewürstraminer. Es que la Gabriela de nuestro trago es un vino blanco brasileño elaborado con esa cepa, que entre tanta especia denota una tersura aromática interesante, propia de ciertas mujeres y de ciertos misterios.
Preguntamos un poco más: de dónde llega esta Gabriela, que acompaña tan melosamente algunos camarones que comemos en la playa.
Ese blanco, junto a otros vinos, viene de un Brasil que no solemos asociar con el que estamos ahora. Llega de Gramados, al sur: de sierras que en esta época del año son frías y secas (incluso puede haber nieve) y que en el verano tendrán el suficiente calor como para que la uva complete todo su desarrollo.
A través de este trago tenemos nuestra primera experiencia del vino brasileño.
La ruta del vino de BrasilLa zona que nos importa no es la de Río de Janeiro, y menos Bahía. Tampoco la urbana San Pablo. Estamos bien al sur, en
Rio Grande do Sul. En Bento Goncalves, valle de los viñedos. Nieva un poco, hace frío. Parece el Piamonte italiano (aunque aquí las alturas no son tan escarpadas y el verde llega hasta las cimas). A las cinco sirven un té con sconnes, en el que no falta la Sacher Torte, como en Viena. Todo tiene un aspecto que recuerda bastante a Centroeuropa. Hay algo del Tirol, techos a dos aguas, Violetas de los Alpes. Hijos de inmigrantes italianos que se toman sus espumantes (que se parecen a un Prosecco más que a un Champagne, y que han tenido más que correctas evaluaciones internacionales). Además, en Brasil, afirman que “en los últimos años la ciencia médica ha hecho estudios que comprueban los beneficios de esta virtuosa bebida”. Tienen un speech muy bien armado sobre el bajo grado alcohólico asociado con cantidades apreciables de Potasio, Magnesio y Gas Carbónico, sobre enzimas digestivas, sobre efectos anti-reumáticos. Una larga explicación que culmina en que el vino es sano y, por si fuera poco, es afrodisíaco. Incluso, comenzaron a usar este eje sanitario para armar en la región la posibilidad de un turismo completamente distinto, para el que vale la pena, literalmente, tomarse un tiempo para disfrutar.
Un turismo distinto al del resto de Brasil, que baila al ritmo de una bazucada.
Bento Golcalves no es la única: se trata de un conjunto de ciudades y regiones como Caixas do Sul, Gramado y Garibaldi. Una cultura de hosterías, lugares de vino, bodegas, bares temáticos. Una ruta del vino, sin dudas, diferente.
Los principiosTodo comenzó incluso antes que en la Argentina.
Fueron los primeros portugueses quienes introdujeron la uva en el Estado de San Pablo hacia 1532, iniciando así la primera producción local de vino. La expansión siguió en 1626, de la mano de los jesuitas, quienes cultivaron cepas en el estado de Río Grande do Sul, hasta el exterminio de las misiones, que finalizó de igual manera con el cultivo de las vides.
La vinicultura comenzó más fuerte recién en 1875, cuando un grupo de inmigrantes italianos introdujo cepas americanas, a las que luego incorporaron otras variedades italianas. El camino rodeado por campos de vides invita a los turistas a recorrer la zona, degustar sus vinos y seductoras propuestas gourmet. Inclusive, algunas villas ofrecen show folclóricos y visitas a parques temáticos, donde rememoran la llegada de los habitantes precursores.
Los pueblos Bento Goncalves, Garibaldi, Farroupinha, Caxias, Flores da Cunha, Ipè, Vacaria, Gramado, Canela, Veranopolis, Cotipora entre otros, forman la zona vitivinícola por excelencia. Bento Goncalves es tal vez el principal: municipio con 100 mil habitantes colonizado en 1875 por inmigrantes italianos, es llamado la Capital de la Uva y del Vino en Brasil (dista a 120 Km. de Porto Alegre).
Las bodegas que resaltan entre varias son
Vinícola Miolo (RS 444, Km 21 - Vale dos Vinhedos);
Angheben, Vinhos Finos (RS 444, Km 4; Vale dos Vinhedos);
Casa Valduga Vinhos Finos (Linha Leopoldina, 579 - Vale dos Vinhedos);
Vinícola Aurora (Rua Olavo Bilac, 500) y
Boscato Vinhos Finos (VRS 314, Km 12,5). Todas ellas se pueden visitar y tienen preparadas degustaciones para el turista.
Entre valles, montañas y parrales uno puede descansar, respirar el aire puro y compenetrarse con la historia y costumbres de los precursores de esas tierras. Pero también hay una buena organización, que ofrece actividades para los amantes de la vida: paseos como los
Caminos de Piedra, el parque temático
Epopeya Italiana o el
Paseo de María Fumaça en un tren a vapor (de una duración de una hora y media), forman un conjunto de lo más atractivo.
De lo que se trata es de encontrarse con una pequeña Italia dentro de Brasil, mientras los vinos evocan a Suiza o Austria. Esto se nota también en la gastronomía. Restaurantes como
Dom Luiz, cuyo chef Marcio Mazzoccato no deja ningún elemento de sus tradiciones de lado, a las que suma las materias primas de un mar generoso (Linha Leopoldina, 579 - Vale dos Vinhedos); junto a
Nona Ludia, de Graziela Cantelli, (Santo Antoninho - Caminhos de Pedra), son parte inexorable de un recorrido en el que hay heladerías y pizzerías por doquier.
También, hay cursos de degustación, como por ejemplo, en la
Escola do Vinho Miolo (el próximo es el 8 de septiembre, (54) 2102.1500) o en
Vinícola Salton (el 15 de septiembre, aunque hay varios hasta el verano, (54) 2105.1006).
Todo como para entrar en un universo nuevo. Nuevos maridajes y nuevas posibilidades. Eso sí,
de las caipirinhas, mejor no prescindir: hacen buen equilibrio con el conjunto.