Se conservan detalles que recuerdan aquel viejo bar que a toda hora se transformaba en centro de reunión de personajes de la más variada índole. Pero ha cambiado, no porque sus propietarios se propusieran dejar atrás el pasado, sino todo lo contrario: la intención fue mantener la mística, por lo que fueron necesarias inevitables reformas (se invirtieron 300.000 pesos), sumadas al orden y a la limpieza, que han hecho que se pierdan aquellos añejos aires que definían al lugar como “un bodegón”. Hoy es un bar clásico, un espacio tradicional con mesas de madera, que conserva parte de la historia de la ciudad, y lo más importante: sigue siendo uno de los mejores lugares céntricos para tomar un buen café.
La historia de La Buena Medida arranca en 1898, cuando abrió como un almacén que vendía kerosene y fideos sueltos, pero también despachaba bebidas, dando refugio a las disímiles historias de hombres que llegaban impulsados por las olas inmigratorias de principios del 1900. En 1956 se inauguró como bar y tres años después se convirtió en el primer bar de la ciudad en pasar música. “En aquel momento, en el sótano se jugaba a las bochas y al sapo, y arriba había partidas de cartas y de dominó”, recuerda Maruja Losada, quien estuvo al frente del mostrador por casi dos décadas, cuando los clientes “eran todos hombres, en su mayoría empleados del puerto o del Correo Central”. Hoy Maruja es una clienta VIP que se deja sorprender por las vueltas de la vida, esas vueltas que hicieron que los nuevos dueños sean hijos de viejos clientes.
“Somos del barrio”, aclara uno de los actuales propietarios, Federico Giordano, para contar que sí, que había una historia familiar que lo unía a esta esquina y que, al ver el bar cerrado, fue espontáneo el impulso por recuperarlo. Hicieron falta varios meses de trabajo centrados especialmente en hacer una nueva cocina y un entrepiso para dos baños, además de un exhibidor con objetos antiguos que sobrevivieron al paso del tiempo entre los rincones y las estanterías. Lo más llamativo, y quizás lo que mejor rememora el pasado, es una hilera de viejas bebidas que abarca desde algún ron o gin de etiqueta desteñida hasta botellas gigantes de champagne Duc de Saint Remy fechadas en 1959.
Esas mismas botellas permanecieron archivadas en algún oscuro rincón durante las últimas décadas, mientras La Buena Medida era transitado tanto por ejecutivos y militantes políticos como por estudiantes, músicos e intelectuales. No casualmente bandas locales de rock como Vudú y Los Vándalos lo incluyeron en alguna de sus canciones. Era un clásico inmutable donde al mediodía los enormes y económicos sándwiches familiares de milanesa hacían honor al nombre del bar; el café con medialunas de la tarde siempre era recomendable y, a la noche, las cervezas corrían sin moderación.
Hoy vuelve a suceder algo similar. Abre a las 7 para el desayuno y cierra a la 1 de la madrugada. “Hay una renovación constante, es un lugar que permite tener distintas propuestas para distintos públicos”, explica Giordano desde la barra, destacando que en lo que se ha puesto especial cuidado para toda hora es en la calidad y la preparación del café. También se privilegió la oferta de un buen menú ejecutivo al mediodía, mientras que por las noches la carta se maneja sólo como bar.
Aunque ha cambiado mucho, este lugar mantuvo lo esencial. Incluso se evitó caer en esa costumbre según la cual sólo se invierte para después poder cobrar más caro. Por el contrario, sigue siendo un bar de buen ambiente y con buenos precios. Un simple café, rico y bien preparado, cuesta 2 pesos. Además la respuesta a la pregunta clave, esa que todo rosarino se hizo al enterarse de la reapertura, es que sí: se siguen haciendo aquellos enormes y económicos sandwiches familiares de milanesa.
La Buena Medida Dirección: Buenos Aires y Rioja.
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