“Nosotros hacemos cocina más para la biquini que para el abrigo”, nos dijo hace un tiempo, en Buenos Aires,
Ferran Adrià, cuando le preguntamos por qué el verano era el momento en que abría su restaurante
El Bulli. Ustedes, seguramente, saben qué es El Bulli. Junto a
The Fat Duck, uno de los dos restaurantes considerados como
El mejor del mundo. Y habrán escuchado que apenas abre sus puertas seis meses por año, durante la temporada estival. En ese tiempo solo ocho mil personas prueban, en las noches cálidas de la
Cala de Montjoi, los menúes creativos, barrocos y con infinitos pasos de Adrià. Allí se sirven las mousses, los caviares (las ‘sferificaciones’). Quizás, también, hayan leído cómo está construido ese restaurante-laboratorio-museo (o mejor, ese restaurantelaboratoriomuseo). Y habrán ojeado las páginas que le dedicaron al gran hombre de la cocina en el dominical del
The New York Times. O la Cátedra Universitaria que lleva su nombre. Incuso, si han visto “Ratatouille”, está la voz de Ferran doblando a uno de los comensales.
Nosotros, los periodistas que trabajamos en esto de darle palabra a los sabores, hace unos años, cuando nos mencionaron algo acerca de las “mousses de humo” o la “tortilla líquida” o la “cocina de vanguardia”, entendimos pronto que el restaurante El Bulli quedaba lejos.
Había toda una mitología en derredor: caminos de cornisa, de tierra. Pero hoy ya aprendimos que no es para tanto. Y el viaje, aunque lleno de curvas, es muy divertido. Realmente vale pena.
Es cierto que “a El Bulli” hay que llegar. Y de hecho, quienes se animan al viaje, in situ empiezan a comprender otras cosas acerca de ese restaurante.
Se trata de un derrotero que incluye, por caso, barquitos en la costa al amanecer, los sueños de Dalí en su Museo de Figueres, algunas sopas de cebolla con esos vinos del Priorat, ahora tan de moda.
Como su cocina,
el Bulli está en un lugar de Cataluña que es casi Francia: hay menos kilómetros hasta la frontera que hasta Barcelona. “Se encuentra en la cuenca mediterránea, en la provincia de Girona al norte de la Costa Brava. La localidad dista escasos 30 kilómetros de la frontera con Francia, 65 kilómetros de Girona y 160 kilómetros de la ciudad de Barcelona”.
Y está en un pueblito de playas,
de ésos de bikini (y topless), con sus casitas bien blancas, mediterráneas. En una cala, un espacio en el que amarran los barcos durante el verano.
Vos te alquilás un barquito y pasás la noche. O parás en alguna urbanización, como Santa Margarita (
www.portcastell.com, tiene un buen restaurante que se llama El Javalí). No hay un “balneario” en el sentido de carpas en la arena, a la manera de Pinamar o de El Lido de Venecia. El Bulli, allí, lejos, en este espacio bello e intenso (lleno de aquellas alemanas de Decir amigo, la canción de
Serrat) no sólo está lejos. También es una “figurita difícil”. No sólo hay una cuestión de mística y, si se quiere, de marketing en ello. Si uno aspira a llegar a ser uno de los ocho mil que comerán los platos del 2008, debe apurarse. Este es el momento (en comienzos del invierno europeo) en el que toman las reservas para todo el año que viene. Son unos pocos días entre octubre y noviembre, en los que uno debe mandar su mail a
bulli@elbulli.com y probar suerte. No es para quejarte: si pretendés ir a
The Fat Duck, el restaurante de Blumenthal en las afueras de Londres, la espera es mayor. No hay sitio hasta el 2010.
“Si me preguntás qué vamos a hacer en el 2008, mi respuesta es ‘aún no lo sé’”, nos dijo Adrià hace unos días.
Lo cierto es que se puede dar algunas claves: si uno revisa la carta del 2007 (
un año en que Cala de Montj