Buenos Aires se fue construyendo por años como un centro; el eje exacto de un radio múltiple. Caminos que confluyen hacia su puerta y puerto. En Diciembre, en cuanto enero empieza a sentirse en la altura del sol, en el porcentaje de humedad y en la temperatura del asfalto y el hormigón, elementos con los que se arma y sostiene Buenos Aires, la circulación se deshace y reconfigura. La ciudad autónoma empieza a vaciarse, las avenidas se ralean de gente, hasta la brisa suave y espesa circula más libremente por las avenidas. La General Paz se convierte en un hervidero que desparrama autos hacia su margen externa. El río, el mar, la montaña, los lagos reciben a gente con un año exacto de ansiedad para cobijarlos en un receso. Las vacaciones; ritual pagano arraigado en la cultura porteña y de su círculo próximo. Con el tiempo liberado de la agenda, de la simetría de las oficinas y la urgencia del amanecer, la gente se abandona a placeres suspendidos. En sus casas circunstanciales, quintas, campos, islas, lejos de bares y restós habituales recuerdan las cartas en sus manos y sus múltiples opciones. Van a supermercados y se posan frente a las góndolas de bebidas alcohólicas desconcertados; aquello que veían atrás de la barra y aquello que quien la comandaba tomaba con suficiencia se transforma en un mapa extraño, inabordable.Vamos a soltar algunos cabos para abordar ese territorio.
La coctelería nace en fórmulas simples, austeras, en donde se van combinando distintos elementos para obtener resultados nuevos, originales, sumando sabores, construyendo armazones excelsos para los sentidos. Desde este origen se ha ido complejizando en un camino de innovación interminable. Pero las fórmulas básicas, primarias, siguen guardando resultados excelentes.
Partamos del Vodka. Hay básicamente dos tipos; el oriental y el occidental, uno que se elabora desde la papa y otro desde cereales. Vaya eligiendo y comparando. Elemental en coctelería, su uso es ilimitado. En verano los cítricos desbordan las verdulerías. Al costado de las rutas que van hacia el norte, a la vera, pequeños productores y distribuidores ofrecen naranjas y pomelos en su punto óptimo. Sentiles su frescura, su consistencia, su aroma. El hielo es fundamental. Llena un vaso. Sin temer en la cantidad, ese volumen helado hará de tu cóctel un placer duradero, manteniendo el frío y la frescura constante, tolerará el calor del fuego del asado, la temperatura del sol junto al espejo de agua que hayas elegido. Coloque una medida de Vodka (piense en una medida como una taza de café chico casi llena o simplemente en botellas con caída medida, cuente seis segundos) y complete con el jugo que haya elegido; con naranja ganará en dulzura y el pomelo le dará una acidez y amargor excitante e incitante. Si prefiere dotarlo de un toque amargo agregando unas gotas de Campari cambiará el cóctel y algo de su horizonte. El Vodka podrá guardarlo en la parte mas fría de su heladera o congelador y se mantendrá en estado óptimo.
Si elige el Ron las variantes serán otras. Consagrado en nuestro país para los ya clásicos Daiquiris y traído desde archipiélagos centroamericanos, concentra el espíritu salvaje y alegre de la gente de la tierra de sus orígenes. La caña de azúcar traída desde Oriente que hoy estalla en las islas. Si tenés una licuadora las variantes crecerán. Colocá seis o siete cubos de hielo ya molidos. Agrega dos cucharas soperas de azúcar y el jugo de medio limón. Colocá una medida de Ron (misma técnica que con el Vodka) y cinco frutillas sin sus hojas y llenas de sol y humedad del litoral. Licuá hasta que se consiga una consistencia homogénea y serví en vasos o copas. Ideal para la tarde, podés a esta preparación básica cambiar las frutillas por duraznos (uno por cada cóctel), ananá (una rodaja de unos tres cm.), albahaca (seis hojas) o combinar con el ananá una tajada de un centímetro de jengibre, con las frutillas media medida de Campari, o con los duraznos unos pétalos de los jazmines que te ofrecerán en las esquinas de Buenos Aires antes que la abandones.
Otro camino en armar un kit completo de aperitivos. Previo a cada comida tenga Martinis o Cinzanos, Campari, Punt e Mes o similares. Tené gaseosas, latas serán ideales, jugos y siempre limones, ya que la acidez que proveen a los cócteles es pieza fundante de su estructura de sabor y frescura. Serví los aperitivos solos o combinados entre sí agregándoles jugo, soda, tónica o gaseosa lima limón, sin olvidar gotas y rodajas de limón y naranja. El Campari será un agregado que dará amargor o base a la que complementar con tónica o un jugo de naranja recién exprimido. Bebé estas preparaciones, sentí su efecto en tu cuerpo, en la vista, en las manos. Recién después volcate a la mesa.
Para terminar una opción simple y reveladora serán los sour. Usá un Ron con su corazón de caña de azúcar, el Vodka, un Whisky que haya dejado guardado por asociarlo al frío o a un sillón frondoso, conseguí una coctelera, no son caras y te harán sentir bien, fuerte, ágil; encantador. Colocá buen hielo abundante en ella, jugo de medio limón, una cuchara de azúcar, una clara de huevo (si aprendiste a separarla de su centro amarillo), dos medidas de la bebida que elija y agite. Mové fuerte, enérgico, hasta que sientas en las palmas de tus manos el frío de un invierno que esta a exacta distancia en su pasado y en su futuro. Abrí la coctelera y serví en un vaso chico o en una copa pequeña. Brindá y bebé feliz, que tu verano comenzará en cada copa, y para siempre.
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