Llegar a Clementina, para los porteños, requiere un esfuerzo. Antes tuvimos que saldar los 60 Km. que la alejan de Buenos Aires. Distancia que no hizo más que reforzar la sensación de estar viajando hacia algo distinto, como esos viajes que tanto nos gustaban de chicos.
“Siempre me gustó la cocina, cocinaba con mi madre y lo disfrutaba de verdad, era un juego para mí.”; lo dice Patricio Negri (28), chef y propietario junto a su colega y amiga Eugenia Lorda (24), que decidieron que el momento de armar su propio juego había llegado. Se conocieron en los fuegos, batallando cuerpo a cuerpo en las cocinas de un gran hotel cercano a Luján, donde nacieron. Y hoy, muy cerca de allí, dieron vida a “Clementina”, tomando como insignia el nombre y el amor por la comida heredado de la abuela de Patricio.
“Nuestra cocina se define como de autor, con sello propio. Tiene sus raíces en los sabores de la infancia, con influencias mediterráneas, pero a esto se incorpora la evolución de los nuevos tiempos y nuestra identidad”, remarcan casi a dúo. Una personalidad bien delineada y ya reconocida en esos parajes: ambos fueron destacadas figuras de “La Perdiz”, el restó del hotel Howard Johnson de la zona, que supo comandar Dolli Irigoyen hace algunos años, cuando se cansó de la gran ciudad. En él, Patricio llegó a sous-chef y junto a Eugenia hicieron sus primeras armas culinarias.
El currículum de ella incluye también un viaje para formarse afuera, donde recorrió algunas de las cocinas más vanguardistas de España y Francia. Su paso por la de Martin Berasategui, un 3 estrellas Michelin, es la que más recuerda, sobre todo por la disciplina que allí tuvo que aprender y que hoy busca reinterpretar en su cocina, a su personal modo.
El comienzo
Lo primero fue buscarle un nombre a este sueño. “Clementina”, así a secas, fue la directa conclusión que surgió al remontarse a los recuerdos de una bisabuela que enseñó y de una abuela que sigue enseñando. El jardín se desnuda de entrada. Y en ello hay una correspondencia con su comida, donde la frescura de cada ingrediente se muestra sin timidez. Al ingresar al salón nos espera el hogar con leños crepitando, para dejar al frío polar bien afuera, y darnos la clara señal de estar entrando en casa de amigos. Es allí donde conviven, en 3 espaciosos livings, casi 70 cubiertos.
La cocina se define por productos frescos con toques mediterráneos, y equilibrio con ingredientes de la zona, proponiendo un menú pensado para comer entrada, plato principal y postre, sin morir en el intento. Incluso, para facilitar el trámite a los más indecisos, ya nos proponen un recorrido de pasos, con opciones de carnes, pastas y pescados.
Algunos ejemplos: de entrada la Fusión de berenjenas de la huerta, con ricota, tomates confit y mozzarela fresca con láminas de jamón crudo ($7). O la más clásica Molleja tiernizada (¡¡y muy bien desgrasada!!) sobre aros de verdeo y papas chips ($11).
Los principales van desde los sabores mediterráneos de unos Papardelle Negros con frutos de mar ($20) y unos Ravioles mousse de puerro con salsa de hongos ($16); pasando por una patagónica Pierna de cordero sobre puré de papas al tomillo ($24, súper aromático) y un bien autóctono Ojo de bife sobre ensalada de rúcula y hongos ($16), que se cultivan en la zona (los producen en Carlos Keen, muy cerca de ahí). Finalmente, las opciones de pescado delinean un Salmón rosado del Pacífico al grill con brócoli gratinado y cous cous ($25) y la Pesca del día con berenjenas crujientes y salteado de vegetales ($17).
La carta de vinos acompaña bastante bien la travesía. Hay opciones diversas en calidad y precio, destacándose buenas etiquetas patagónicas y mendocinas, con preeminencia de tintos (para el verano prometen ampliar la oferta de blancos y rosados, ideales para el tapeo que desplegarán en los
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