Impecable el restó que viste lustroso el apellido del empresario (¿gastronómico?)
Juan Santa Cruz que, a las claras, terminó siendo lo que el virtuoso businessman tenía en su cabeza: una suerte de multiespacio gastronómico-social súper top con todas las letras. Objetivo logrado en un tiempo sumamente prodigioso.
Por un lado la barra al mando de Inés de los Santos continúa impecable con un trabajo autoral de los mejores de la ciudad. Al mismo tiempo, es para destacar la carta de vinos que lleva adelante su sommelier,
Aldo Graziani, quien cata a ciegas con un grupo de secuaces avispados en el tema todas las muestras que le llegan divididas en franjas de precio, y así define entradas y salidas de un listado muy coherente con la propuesta lugar, que no deja sin su opción a nadie, sin importar el estilo de vino que gustes.
Por otro lado, el increíble
Germán Martitegui acaba de cambiar su carta, atenta siempre a lo que él llama comida urbana argentina. En sus nuevos platos la combinación de sabores y productos resulta de lo más osada; explosiva. Haciendo clik
aquí podés ver el menú completo, pero fijate detalles; imaginate en un plato y luego el sabor de elementos tan disímiles como ravioles de centolla fueguina, pomelo rosado, alga nori y crema de coco... genialmente impensados. Imperdibles las ostras tibias, el sofflé de provolone, los ñoquis de papa y morcilla; tienen su complejidad pero para nada son abrumadores. Se comen más que se piensan.
Es, quizá, la carta más Martitegui que Martitegui haya hecho. Una propuesta gastronómica brillante; paradójica en términos de compleja y simple a la vez, paradójica porque es, al mismo tiempo, una soberbia y sublime demostración de astucia, osadía y buen gusto de cocina. Disciplina que este joven de modales tan misteriosos e incógnitos transforma en arte.