Bukka, un nuevo restaurante en el polo gastronómico más grande de Argentina. Con sólo traspasar el portal de piedras de su fachada, vas a entender por qué su construcción demoró tanto: no hay detalle en la ambientación que no esté cuidado. Desde la barra en desnivel, pasando por los tres salones comedores, el salón VIP, las terrazas y los balcones aclimatados. Un lugar puesto “a todo trapo”, o “con tutti li fiocchi”, como diría alguna abuela. Un espacio que, como algunos hoteles súper lujosos, está bueno recorrer, aunque sea para verlo por dentro y conocer sus habitaciones.
Despertando el apetito
Es que Bukka, por sus horarios, sus diferentes ambientes y su variedad gastronómica, funciona como un hotel. Por empezar, abre a las 9:30 de la mañana (salvo los domingos y los lunes) ofrece menúes de desayuno y, como en todo bar de hotel, cócteles. La barra es sin duda uno de los puntos fuertes del Bukka (que viene del seudónimo de Bukkaraya, un rey de India del siglo XIV), por más que todavía no tenga toda la materia prima que necesita para explotar la creatividad de José Barrutia (ex El Diamante y Coyar de Buitres), jefe de barra y manager del restaurante. José se enorgullece al decir que éste es el único lugar en el que se puede tomar un Dry Martini a las 10 de la mañana, a excepción, justamente, de algunos bares de hotel. Tal es la importancia que se le asigna a la barra, que esto es lo primero que uno ve no bien entra: un patio arbolado, con mesas bajas y sillas de hierro y la barra, con dos heladeras para mantener vodkas helados, y dispuesta en desnivel, o sea que el bartender está un poco más abajo que el cliente, el que puede sentarse cómodo, en pequeños sillones, en lugar de altas banquetas, como en la mayoría de la competencia.
Break de mediodía
Seguimos con el mediodía, donde se puede optar por ordenar platos a la carta, o un menú que incluye bebidas y vino o café, y que ofrece tres alternativas: sólo plato principal, ($34), entrada y postre ($38), o menú completo ($44). Para cada paso hay tres o cuatro opciones muy elaboradas y frescas. Estuvimos un martes cerca de las 13:30 y los platos tardaron lo que tiene que tardar en salir un plato fresco y recién elaborado por la chef María Simonetti. Nosotros optamos por el menú completo y elegimos, de entrada, Quiche de hongos con ensaladillas y tomates mini, quedándonos con las ganas de las Samosas de cerdo especiado con dip de teryaki y almíbar de naranjas. Para el principal dijimos Wok de cerdo con mango, castañas de cajú, brotes de soja y calabacín, dejando de lado unas tentadores Lazagnetas con ostras, eneldo, panceta dorada y dry vermouth. Y para el postre, le entramos al Flan de chocolate blanco con rutas rojas y salsa de cardamomo, a pesar de la tentación de la Normanda de manzanas ácidas con almíbar de canela y crema fresca.
Como ves, todos los platos están especiados, con influencias de cocina asiática. También verás que, si bien dan ganas de volver todos los días a probar cosas diferentes, los precios son como para ir en ciertas ocasiones especiales. Los appetizers rondan los $25, los platos merodean los $30 y los vinos superan los $40. Hablando de vinos, la carta es muy completa, combinando bodegas grandes con boutiques y botellas importadas. La cava de madera completa una de las paredes del salón Agua, ubicado en la planta baja. Los otros salones son Fuego y Tierra (este último es fumador). Ambos tienen acceso directo a balcones aterrazados perfectos para los atardeceres de esta flamante primavera: con música, toldo por si pega el sol y calefacción por si refresca al oscurecer. Vale la pena mirar los detalles, los cuadros originales que decoran las paredes, los sillones vintage reciclados, los muebles traídos de la India y la gran mesa de mármol púrpura para ocho personas en el medio del salón Tierra. Finalmente, está el salón VIP, de una sola mes
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