Desde hace un par de años, Barracas se perfila para ser lo que fue Palermo Viejo una década atrás: un barrio viejo que se moderniza con el reciclado de viejas fábricas y casonas, hoy utilizadas como oficinas, estudios y viviendas modernas. Por otro lado, su cercanía con el efervescente San Telmo hace del tango una importante veta turística en el barrio más austral de la ciudad.
Combinando ambas características, en una esquina casi oculta, frente a una estación de ferrocarril, funciona desde 2005 El Barracas, un restaurante instalado donde alguna vez hubo un almacén de ramos generales. Seamos claros: el lugar transpira milonga. Adentro: espejos con marcos fileteados, cortinas rojas y un portaequipajes de tren con viejas maletas. Afuera, empedrado, paredón y, cada tanto, ese tren que pasa sobre vías elevadas.
A partir de este año, El Barracas hace usufructo de su privilegiada ubicación con un show ambiguo. Por un lado, es de alta calidad, tanto musical como incluso por propuesta gastronómica (lo cual es tan raro en las cena shows). Por el otro, su precio lo posiciona en un claro “for export”. Para los locales, solo nos queda intentar con el menú a la carta de cada mediodía.
Momento 1: mediodía.
Una carta clásica a precios razonables tirando a altos, pensada para reuniones de negocios en una zona donde los restaurantes de mediana y alta gama no son moneda corriente. Los platos se basan en lo que se reconoce como cocina porteña tradicional, es decir, un ecléctico mix de cocinas de inmigración siglo XIX: lomo a los dos hongos con papas noisette ($34), costillitas de cerdo a la riojana ($27,50), y salmón rosado a la albahaca ($34), para dar algunos ejemplos. También hay postres, minutas y postres como flan casero ($6), budín de pan ($6,50), o el clásico vigilante ($5,50).
Momento 2: noche.
Acá cambia todo: la modalidad, los platos y los precios, que pasan de medio altos a molestamente impagables. Un show de tango que, a diferencia de otros espectáculos de la competencia, usualmente mucho más masivos, muestra a los bailarines ahí mismo, en el piso, al lado de las mesas, y una orquesta de cinco integrantes sobre un pequeño escenario a la entrada del salón. El show se divide en tres actos y, como en una fiesta de casamiento, los platos van intercalados entre un acto y otro. La referencia al casamiento no es casual: el servicio está diseñado por Tommy Perlberger de EAT, una de las empresas de catering más prestigiosas del país. Empieza todo con una copa de espumante y un tapeo criollo. Después de la primera parte, que se ocupa el tango de principios de siglo y la aparición de Gardel, viene un entrecot con chutney de cebollas al Malbec y milhojas de papa, o raviolones de tinta de calamar rellenos de salmón rosado con salsa de camarones. En todo momento, los mozos se encargan de que las copas se mantengan llenas de excelentes tintos como Petit Fleur, Clos de los siete, o Don Nicanor. La segunda parte muestra lo que fueron las décadas del 40 y del 50, la época más glamorosa del tango. Suenan, entre otros, “Malena” y “Naranjo en Flor”, mientras las tres parejas se contornean a un metro de las mesas. El postre es una degustación de flan casero, tiramisú y reducción de frutos del bosque y es el punto más bajo de una cena que, para ser de show, está razonablemente bien. El tercer acto abarca los años 70, con un entonces incomprendido Astor Piazzola renovando un estilo que se niega a desaparecer. “María de Buenos Aires” cierra el espectáculo. Ya pasó la medianoche. Es hora de un cortado o té digestivo.
Todo bastante bien, gran calidad en la orquesta, tanto que dan ganas de llevar a los amigos que vengan a turistear Buenos Aires. Pero llega el momento de hablar de la cuenta, y el precio indica que la noche de El Barracas es sólo para extranjeros adinerados: u$s170 per cápita (¡!) para t
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