Cuando Sebastián Zuccardi, Mauricio Castro, Marcela Manini y Agustín López veían junto a sus compañeritos de curso nacer las burbujas de los espumantes que hacían a modo de trabajo práctico en el Liceo Agrícola, sentían algo diferente al resto. Algo que permaneció en ellos incluso luego de terminar la secundaria. Dejaron atrás la escuela, los guardapolvos, los compañeritos, pero no la sensación que producían las burbujas que nacen de la nada en la copa.
Egresaron, entraron a la carrera de agronomía, y en 1998 decidieron dar a luz a un proyecto enológico sin precedentes en la vitivinicultura local; una bodega con producción limitada de espumantes del alta calidad, muchos de ellos tintos, sin haber cumplido ninguno los 21 años de edad. Se transformaron entonces en los bodegueros más jóvenes que alguna vez hayan existido en nuestro país, y seguramente en el mundo entero.
Alma 4 fue el nombre elegido, y para trabajar se amotinaron en un rincón dentro de las instalaciones de la bodega Familia Zuccardi. En el año 2001 tuvieron las primeras 300 botellas en la calle y salieron a mostrarlas, por ejemplo en las incipientes ferias de vinos que desembarcaban en la ciudad. Al poco tiempo se encontraron con que el proyecto era un éxito como ni ellos esperaban; vendieron toda su producción y se generó un boca en boca que multiplicó la fama del proyecto. Paralelamente, al tener pocas unidades privilegiaron en la venta a los restaurantes más destacados de la ciudad, lo que también influyó en la imagen de la marca, aunque ellos jamás lo hubiesen pensado: para tomar un Alma 4 había que ir a sitios como La Bourgogne, Villa Hípica o Sucre. De esta manera, casi sin querer, autogestaron un marketing que supieron acompañar con productos de excelente calidad.
El tiempo pasó, y tanto los niños como el proyecto ganaron en madurez. Como primeras cepas emblemáticas quedaron el Chardonnay fermentado en roble, el Viognier y el Pinot Noir, en tanto llamaron bastante la atención sus espumantes de cepas tintas como Bonarda, Syrah o Sangiovese. Por primera vez el año pasado presentaron a la prensa y a la sommelierie local sus sabores, lo que fue clave para su posicionamiento. Tanto, que poco tiempo atrás los pedidos habían superado la producción y en algunos restaurantes porteños comenzaron a faltar botellas de Alma 4.
En cada cosecha el número de botellas crece y las variedades se amplían; en un mes más se sumará a sus espumantes tradicionales un nuevo rosé de Pinot Noir, con lo que esperan este año vender un total de 6.000 botellas, además del par de cientas que exportan a los Estados Unidos.
La cosecha 2005 recién llegará a las góndolas en 2007 y 2008. Es que estos espumantes pasan largas temporadas sobre sus propias levaduras a fin de lograr mayores propiedades organolépticas; aromas y sabores. El método utilizados por ellos es el tradicional, también llamado Champenoise, que consiste en generar la segunda fermentación alcohólica en la botella para integrar el gas carbónico al vino.
Físicamente continúan instalados en una antigua pileta de fermentación de la bodega Familia Zuccardi, desde donde comandan todas sus geniales inventivas. Una de las últimas; vinificaron un Cabernet Sauvignon con uvas botritizadas, es decir, afectadas por la llamada “podredumbre noble”. El resultado fue un vino dulce, sabroso, ideal para acompañar postres que muy posiblemente regrese pronto al mercado.
Hoy los tres ingenieros agrónomos y la arquitecta, madre espiritual del grupo, reparten su tiempo entre Alma 4 y los trabajos para los que fueron contratados en Familia Zuccardi, siempre relacionados con lo agronómico y enológico.
Son personas sencillas, con buen brío y energía, además de una natural afición por aprender más y más cada día. Mauricio representa la paz del grupo; es silencioso, moderado, sensible al extremo. Agustín es el equilibrio; laborioso y sobrio. Sebastián ya se vislumbra como un bodeguero de raza, heredó de su padre el carisma, la vocación incansable de trabajo y el sólido compromiso con la realidad de hacer vino. Marcela, el soporte femenino, ostenta claramente su mística función de contención a todo nivel, incluso en el orden formal de la empresa. Es además, desde hace varios años, la rotunda dueña del corazón de Sebastián. El futuro claramente rebalsa en las manos de estos jóvenes, y ellos lo saben. Para comandar una Bodega, así, con mayúscula, hay que crecer cronológica y profesionalmente. Mientras, trabajan seriamente con los ojos puestos en un lugar: el futuro.
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